La propuesta
Todo comienza cuando alguien dice: “¿queréis jugar a...?”, “y si jugamos a...”, una serie de fórmulas que varían según grupos, edades, lugares...
Esto es la propuesta, una señal que hace que todo el grupo, que ya ha probado esa sensación, o bien que quiere probarla por primera vez, se coloque en una situación de disponibilidad, de atención, de alerta. Por tanto para empezar a jugar, necesitamos una propuesta.
Una propuesta que no siempre es verbal, a veces basta una mirada cómplice, una sonrisa, un gesto, para que todo comience, para que el juego se desencadene.
Como profesionales en este ámbito, deberemos comenzar a manejar el difícil arte de la propuesta, sobre todo teniendo en cuenta las siguientes premisas:
Para jugar, se necesita de iguales como compañeros/as
Cuando hablamos de igualdad no nos referimos a que deba ser en edad, ni sexo, ni color, sino todo lo contrario. A lo que nos referimos es a que debe haber igualdad de oportunidades en ese sentido.
Sobre todo, tenemos que tener en cuenta que en el juego estamos viviendo un momento intenso, donde cada cual pone lo mejor de sí para llevarlo adelante. Es un momento de
cierta desnudez, de desinhibición, de sinceridad.
Es ante todo en esos términos donde debemos plantearnos esa igualdad.
Las órdenes y mandatos quedan fuera de este espacio
Esto no quiere decir que no haya unas reglas, es precisamente en el espacio de juego donde las reglas deben ser claras y aceptadas por todo el mundo sin excepción.
Pero no podemos obligar a nadie a jugar, ni a aceptar unas reglas que no esté dispuesto a cumplir. Frases como “tenemos que jugar todo el mundo, así que tú también”, o “ponte ahí y coge ese pañuelo”, o incluso tener la osadía de dirigirnos a un grupo para decirle “venga, todos a jugar”, no son precisamente el mejor modo de comenzar un juego.
Debemos invitar, motivar, animar..., no ordenar.
La propuesta debe ser clara
Puede que un alumno, con tan sólo una palabra, y a la salida de clase diga “¡tú la llevas!” y que esa sola palabra baste para que todo el colegio se correr huyendo de quien le toca pillar.
Sin embargo, muchas veces, a la hora de proponer un nuevo juego en cualquiera de los grupos con los que hayamos trabajado, seguro que nos hemos visto en la situación de que el grupo, ante una explicación no demasiado clara, titubea, prueba y para en varias ocasiones el juego hasta que la dinámica del mismo es aceptada por todo el mundo y comienza el juego en sí tras toda una complicada secuencia de pruebas, preguntas y respuestas.
Por ello, cada explicación de un nuevo juego en un grupo que aún no lo ha vivenciado debe ser lo suficientemente explícita como para que pueda visualizarse e imaginarse el desarrollo del mismo, para que en esos momentos previos, aunque nuestros cuerpos no hayan comenzado a jugar, nuestras mentes ya lleven un rato haciéndolo.
La comunicación y la atención
Como en todo proceso de comunicación, debemos poner énfasis en comunicar de la mejor manera posible nuestra propuesta, y no sólo de comunicar conceptos, sino las sensaciones necesarias como para colocar al grupo en ese “ambiente” necesario para comenzar un juego.
Por ello, tendremos que tener lo suficientemente clara la propuesta y la vivencia que pretendemos inducir al grupo.
No daremos un extenso manual de consejos, más bien, aconsejar a que cada cual, conociendo sus puntos fuertes y limitaciones, busque su propio “estilo”, alejándose de modelos inalcanzables, y con la seguridad de que podemos sacar partido de nuestras características.
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